La pandemia fue un parteaguas: perdí todos mis trabajos y descubrí hasta dónde puede llegar la traición. Un socio al que había entregado trabajo y patrimonio me “liquidó” enviándome una caja con basura, justo cuando yo salía de un contagio de COVID y no tenía fuerzas ni recursos para defenderme. Hoy, lejos de él, estoy mejor que nunca y aprendí a ser mucho más cuidadoso al elegir con quién me asocio y en quién confío.
En La Jaula de las Locas mi trabajo como coreógrafo y creador escénico —protegido por el derecho de autor como obra de danza y puesta en escena— fue prácticamente apropiado por mi asistente y por un bailarín a quien yo mismo ayudé a conseguir su permiso de trabajo en México. Nunca tuvieron el valor de hablarlo, disculparse o dar la cara. Sigo preguntándome por qué el productor decidió saltarme, si cuando necesitaba algo de mí —como el contacto con Fela Fábregas o que montara la obra sin anticipo— siempre sabía dónde encontrarme.
En el Centro Cultural Virginia Fábregas también me apartaron del proyecto que había construido durante años: la Carrera de Teatro Musical y el Curso de Verano. Tras la muerte de Doña Fela, un maestro se apropió del proyecto con promesas y artimañas, y la pandemia fue el pretexto perfecto para sacarme definitivamente. Llevamos más de cinco años en un pleito legal que he ganado dos veces, pero han usado recursos legales para no pagar lo que corresponde a tantos años de servicio.
Mientras todo eso ocurría, la vida también me puso a prueba en el cuerpo: dos contagios de COVID, infecciones, un pie caído, un accidente con una sierra y problemas dentales. Al mismo tiempo, cuidé a mi papá día y noche durante cinco años, hasta que mis hermanas lo sustrajeron de casa el 30 de abril de 2025. Me enfermé varios meses, pero de ese derrumbe nació Entre Telones, Algoritmos y Globos: lo escribí para que mi padre supiera quién es su hijo y para que mi historia sirviera a otros, evitando que repitan mis errores. Entendí que pasé la vida buscando la aprobación de los demás, cuando la única aprobación imprescindible era la propia.
La pandemia me recordó que no todo está perdido. En los momentos más oscuros siempre surge alguien dispuesto a tender una mano, y muchas veces es quien menos lo imaginas. Gracias a Bernardo Aguilar, Alfredo Valencia, Peixe. Marcela Valiente, Eliette Belgrave, Silvia Valencia y Dulce Patiño confirmé que, incluso en medio de la tormenta, existen ángeles que sostienen el telón y evitan que la función de la vida se detenga.
Como docente, mi propósito ha sido enseñar más allá de la técnica o del montaje coreográfico: he buscado que mis alumnos se formen como artistas íntegros, pero también como seres humanos humildes y generosos. Cuando el huracán golpeaba mi vida con toda su fuerza, Nina Contla, Emmanuel Badillo y Gabriela Casas estuvieron a mi lado. Su apoyo fue invaluable; me ofrecieron su mano y jamás la retiraron.
A mi primo Gabriel Orozco le debo una gratitud profunda. Me apoyó, me corrigió y me enseñó a cuidar de una casa y de mi padre. Fue el único familiar que nunca me dio la espalda. Sus jalones de oreja se transformaron en lecciones de vida, y su lealtad constante me sostuvo en los momentos en que más lo necesité.
Y a Jeroham, a quien al inicio de la pandemia creí que iba a ayudar, pero que terminó ayudándome más a mí y a mi padre. Él me mostró que siempre existe una razón para ser feliz, que dentro de mí habita una mejor versión, y que los sueños no se extinguen: son la esencia misma de la vida.
Ofrecí ayuda aun cuando tenía muy poco que dar, porque estoy convencido de que todos merecemos una oportunidad.
Gracias a ellos por estar, por enseñarme que la familia también se elige en el camino, y por recordarme que la resiliencia no es solo resistir, sino transformar la adversidad en fuerza, gratitud y esperanza.
Hoy vivo con tranquilidad, acompañado por mi perro Renato y por quienes decidieron escribir su historia junto a la mía. Retomé mis talleres en línea y estoy construyendo Ser Artista.com, un espacio donde la pasión se convierte en disciplina y la disciplina en legado, con talleres de artes escénicas y un blog para hablar de salud, técnicas artísticas, temas legales y tabúes que atraviesan la vida del artista. Quiero que se convierta en un refugio y en una guía para quienes vienen detrás.
No sé exactamente hacia dónde me llevará el destino, pero sé que Entre Telones, Algoritmos y Globos tendrá una nueva etapa:
Una nueva aventura está por comenzar: Talleres de Artes Escénicas abiertos a todo aquel que desee aprender, sin importar dónde se encuentre, desde la comodidad de su hogar. Este es un proyecto abierto al mundo, un sueño que no conoce fronteras, porque el arte es un lenguaje universal que nos une dondequiera que estemos.
Estoy listo para avanzar, aunque eso implique dejar atrás a mi familia. Soy un soñador que no renuncia a su niño interior y que seguirá levantándose cada vez que caiga, porque así me enseñaron mis padres: a ser un hombre hecho y derecho, incluso cuando quienes debían reconocerlo eligieron olvidar quién soy.
Hoy, con gratitud y esperanza, comparto este legado de resiliencia. Porque el arte nos recuerda que los sueños nunca terminan, que la verdadera familia también se elige en el camino, y que cada caída es solo el preludio de una nueva función.
—Pepe Posada